Nuestro Padre Jesús de la Pasión

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La efigie del Señor representa el momento evangélico en que Cristo, cargando sobre su hombro izquierdo con la cruz, camino del Calvario, es ayudado por el Cirineo. 

“Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron la púrpura, le pusieron sus ropas y le sacaron fuera para crucificarle. Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz” (Marcos 15, 20-21; Mateo 27, 31-32 y Lucas 23, 26).

Realizada en madera de cedro en el año 1976 por el insigne imaginero sanroqueño, Luis Ortega Bru, fue bendecida el 30 de enero de 1977. Toda tallada en su definición anatómica y adaptada para ser vestida, mide 1,78 m desde la cabeza al talón, tiene vuelta la cabeza hacia el lado izquierdo, con la mirada fija al frente, rostro expresivo, ojos pintados con pupilas de color miel y afiladas aristas en rostro y cabellera. Por su fuerza y expresividad, de recuerdo miguelangelesco, está considerada una de las más sobresalientes esculturas de Cristo de la imaginería procesional contemporánea. De ordinario viste túnica morada, sujeta al cuerpo con cíngulo de oro, y porta una Cruz arbórea, tanto en su Capilla como en la Procesión. En 1980 fue reformada por su propio autor, y en 1997 sería reforzada en sus ensambles y completamente saneada de sus problemas estructurales primigenios por el profesor y escultor Juan Manuel Miñarro López, quien además le realizó una nueva peana.

Nacido en San Roque en septiembre de 1916 y declarado admirador de Juan Martínez Montañés, Juan de Juni y Alonso Berruguete, Luis Ortega Bru se convirtió hasta su muerte en 1982 en una de las más solidas alternativas al neobarroco castizo imperante en la escultura procesional andaluza, a la que supo impregnar de una fuerza y modernidad sin precedentes, apelando a la gestualidad atormentada del genio florentino Miguel Ángel Buonarrotti.

Traumatizado por las duras circunstancias que le tocase vivir durante la Guerra Civil, el maestro Ortega desarrollaría una poética neoexpresionista –no siempre bien comprendida por parte de sectores como el de las Cofradías, tan reacios a los vientos de novedad- que él mismo acertaría a definir al afirmar: “Todas mis esculturas son desgarros. Mi arte es la expresión del alma de mis amigos que han muerto luchando por un ideal. Son como sueños torturados. Los que me tachan de duro no saben que no puedo vender mi arte a los que sólo quieren ver muñecos bonitos. Pero en las imágenes llenas de misticismo de la Virgen expreso mi amor hacia Ella, mientras que el Cristo es como un grito desgarrado”.

El Nazareno de Pasión es la síntesis de todo el arte de Ortega Bru, al contener dentro de sí la plenitud de la fuerza olímpica nacida de la terribilitá miguelangelesca, que el visionario escultor sanroqueño tanto estudiaría y esforzaría por hacer completamente suya: “El arte no se puede improvisar, lo que se hace es posible porque ya se ha hecho antes. Yo mismo volveré si no hubiese nadie capaz de hacer estas obras, porque yo he existido, existo y existiré. Recuerdo cosas de otra vida, he sido transformado, realizo los sueños. No me conformo con vivir solamente la vida, está escrito en la Biblia, volveremos a vernos en otra época, seguiré trabajando. Vuelvo a insistir que lo que hago es posible, gracias a que ya lo he hecho antes. El arte no se estanca, no se pudre, renace de nuevo. Siento y veo a Jesús, estoy identificado con Él, vivo su Pasión. Fui testigo presencial de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo”.

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