Programa Iconográfico

Entre 2013 y 2014 se ha acometido la terminación del retablo con el cerramiento del camarín con dorado y talla a cargo del taller de Salvador Lamas y Raúl Trillo y un ciclo de pinturas de los emblemas animalísticos cristológicos, ejecutado por José Antonio Jiménez Muñoz. Esta última etapa en la trayectoria de la Capilla Sacramental arranca desde finales de 2012, al ser evidentes en ella una serie de deficiencias que no podían ser corregidas con simples intervenciones puntuales. Por ello, se elaboró un proyecto en fases que pretendía abarcar una restauración integral del espacio. En dichos parámetros se sitúan actuaciones como: la sustitución de la instalación eléctrica y su cableado por lámparas LED de bajo consumo que permitan, además de un menor gasto y contaminación lumínica, posibilitar un mejor mantenimiento de los niveles de temperatura y humedad del retablo; restauración de la reja de acceso cuyo peso excesivo provoca que el marco sobre el que se sustenta se venza, permitiendo incluso una mayor apertura de la misma en determinadas festividades y cultos; subsanación de humedades aparecidas en la bóveda de los columbarios, provocada por antiguas filtraciones de agua en el tejado corregidas tras revisiones periódicas anuales así como sustitución del cableado y focos de iluminación; pulido y acristalado del suelo de mármol exterior; y, recuperación de las tonalidades blancas, grises y doradas de todos los paramentos murales de la capilla.

Tras finalizar todas estas fases, desarrolladas entre el invierno y el verano de 2013, se estudió la posibilidad de culminar el proyecto procediendo al cierre completo del camarín, para así eliminar la sensación de provisionalidad del cortinaje con el que hasta entonces se cubría. Para ello la Junta de Gobierno encarga el diseño del mismo al taller de nuestros hermanos Salvador Lamas y Raúl Trillo, firmándose el contrato en otoño del citado año. Éstos proponen una estructura formada por dos esbeltas puertas de terminación semicircular, que entroncan con el resto del espacio del camarín con un arco en esviaje inspirado en soluciones arquitectónicas de la propia parroquia, como puede advertirse en el tránsito de las naves laterales hasta el bajo presbiterio.

La estructura se vertebra morfológica y estéticamente con el resto del retablo, reproduciendo los casetones existentes en la calle central del mismo y en las paredes del camarín. Enmarcados en este damero estructural, se proponen diferentes cartelas que igualmente siguen las pautas de las ya existentes, mejorándolas en cuanto a talla al seguir las rocallas los movimientos ondulados que pueden apreciarse en los golpes de gubia de la puerta principal de madera de la Parroquia o en las decoraciones estucadas que perviven tanto en las naves como en la cúpula que cubre el bajo presbiterio. De hecho, el resultado final supera con creces el diseño primitivo, pues cada una de las cartelas van a trabajarse individualmente con denodado esmero incluyendo efectistas golpes de espejos, a lo que hay que sumarle sin duda los trazos firmes de las pinturas de los animales elaboradas por José Antonio Jiménez Muñoz quien, una vez más, ha sabido captar la esencia de la tradición icónica y plasmarla al óleo en una visión moderna y para nada estereotipada de los mismos.

Así mismo y aprovechando que la magnitud de esta última fase sobrepasaría los límites de una mera actuación puntual para convertirse en el punto culminante del retablo, se plantea incorporar en la Capilla Sacramental un programa iconográfico a partir del cual se configure un mensaje único en torno a la devoción a la Eucaristía y su indisoluble confluencia en la Pasión de Cristo. La base fundamental para el desarrollo de estas ideas se encuentra en la esencia misma de la propia Iglesia que, desde sus orígenes, ha entendido lo simbólico como medio adoctrinador a través del cual acercar a los fieles a las verdades mismas del misterio siendo el arte el mecanismo necesario para lograr la identificación, a través del conocimiento y los sentidos del ser humano, con una realidad suprasensible. Es decir, utilizar los elementos artísticos, en clave simbólica, para lograr una mayor implicación y formación teológica del fiel.

En este sentido, desde que se plantea la necesidad de incorporar al retablo un entramado de símbolos y grafías, el punto de partida que se establece se basa en la caracterización de lo simbólico como trasunto propio de Cristo y de los dogmas de la fe. De ahí la elección de diez animales que, por especiales condiciones naturales, van a entenderse como trasunto mismo de Cristo –sus alteri ego en definitiva- disponiéndose en las correspondientes cartelas situadas en el arco en esviaje del camarín.

El catálogo animalístico incorpora el león, el rey principal de las bestias, coronado como símbolo de esta realeza y en clara sintonía con el animal de Judá, procedente del mismo árbol de Jesé y, por supuesto, emparentado con David. Junto a éste se disponen otros animales como: el cordero, claro símbolo sacramental e imagen sacrificial que, sobre el Libro de los Siete Sellos, porta en su boca el lábaro o bandera sin mancha de la Resurrección; el pelícano cual signo inherente de amor filial entre padres e hijos; la abeja, insecto heminóptero que liba miel, sustancia grasa que alimenta el alma al igual que lo hace la propia Eucaristía en los fieles; el ave fénix y su siempre lucha por vivir la vida eterna cerca del sol, de la luz que ilumina el nuevo amanecer; el ciervo, rumiante esbelto que desde época paleocristiana suele aparecer en ciclos relacionados con el bautismo, al acercarse a beber las tranquilas aguas del Edén y enemigo declarado de la maléfica serpiente; el delfín, uno de los mamíferos acuáticos dotado de una especial inteligencia que anticipa y experimenta una especial crucifixión simbólica al enroscar su cuerpo en un ancla que, al igual que la cruz, es entendida como elemento tanto martirial como de esperanza en una vida renovada y nueva; la serpiente, áspid del que se destaca en este caso su poder positivo pues, al enroscarse sobre su propio cuerpo, evoca épocas finitas, ciclos de vida positivos que no tienen fin; la tórtola, confundida en ocasiones con la paloma, adquiere evocaciones legendarias vinculadas a la sanación de las heridas y al servicio denodado a favor del necesitado; y, por último, el unicornio, uno de los ejemplos más fantásticos de la fauna animal debido a su especial morfología en la que sobresale el cuerno de su frente y que suele asociarse a valores como la virginidad, la honra y la pureza. Todos ellos, imbuidos por una serie de constantes iconográficas y con un fundamento cristológico--histórico mucho más extenso del apuntado en las líneas precedentes, componen un sugestivo prontuario de Imagines Christi que transfieren a la iconografía sacra un componente mítico, legendario y fantástico puesto al servicio de lo dogmático.

Partiendo de lo anterior, la Capilla Sacramental de la Archicofradía de Pasión no solamente se plantea como un espacio de devoción eucarística y cristológica, sino que, a través de este programa iconográfico que aparece en su retablo, va a actuar como medio evangelizador en torno a la figura de Cristo y los méritos alcanzados por su Pasión. La lectura completa del mismo ha de realizarse partiendo de un eje vertical. Éste enlaza el monograma de Cristo –JHS dispuesto en la clave del arco de la hornacina– y escoltado por arcángeles con los signos de la Pasión, con la propia imagen de Jesús de la Pasión sustentada sobre el Sagrario, arca que descansa sobre el frontal de altar de plata en el que las escenas de la vida de la Virgen, labradas por el platero Zabala, ponen de manifiesto el papel desempeñado por ésta como copartícipe de la Pasión de su hijo a través de la constante temática de la Compassio Mariae. En el arco de medio punto superior, seis cabezas de querubines actúan como los ángeles del propiciatorio del Arca de la Alianza, inclinando sus alas en acción de reverencia. Ya en el propio camarín, las puertas centrales se rematan con el Sol y la Luna, principio y fin de todo lo creado, siendo una relectura de la medieval teoría de la fotodoxia que argumenta la venida de Cristo como el sol del nuevo día, la esperanza del mañana, el comienzo de una jornada renovada que encuentra en la aurora el momento primero.

Los diez alteri-ego de Cristo actúan, por medio de sus cualidades innatas y de su componente sacrificial, en múltiples direcciones, tanto por sus propias características innatas como por su actuación como conjunto cerrado de seres. Su disposición en el arco del camarín viene refrendada por dos alegorías dispuestas en las puertas de cierre y compuestas por el pan y el vino, así como las espigas y racimos de uvas, símbolos vivientes y materia prima que impresionan al fiel de manera indeleble en la Eucaristía. Por último, la imagen de Jesús de la Pasión es la pantalla a través de la cual sólo lo que es verdadero y auténtico en la naturaleza de Dios puede infiltrarse y ser objeto de la aprehensión de lo cristiano. Parafrasean al evangelista Juan, a Dios nadie lo ha visto, sólo el hijo; y quien ve al hijo ve al Padre. Él, el propio Cristo es, en esta Capilla, el Sacramento de la Sangre de su Pasión.