ÚLTIMOS TRES DÍAS DE QUINARIO: "LA PASIÓN DE JESÚS POR LA IGLESIA, LA CRUZ Y SU MADRE"

ADS 3091 3bajaEn la homilía del jueves, tercer día del Quinario, el padre Sosa destacó la pasión que Cristo experimenta por construir un nuevo pueblo, una comunidad en la que se venere al Dios verdadero. En su desarrollo, apostillaba que “Cristo nos invita a dar testimonio de la Verdad, desdeñando a los falsos ídolos” para centrarse en quien es el creador de la vida. A pesar que, en efecto, a veces desviamos nuestra atención hacia otros estímulos, siempre confiamos en la benevolencia “de un Dios que, al igual que hizo por mediación de Moisés, perdonó a aquellos israelitas impacientes” que alabaron al becerro de Oro.

“Jesús quiere un pueblo de hijos de Dios, de hermanos libres de todo aquello que nos condiciona que, a la misma vez, se sienten discípulos del nazareno”, remarcaba el célibe. Y continuando con la reflexión pidió que fuésemos capaces “de sentir la pasión de Cristo a través de la fe en su Iglesia y de la experiencia profunda en hermandad”, el núcleo desde el que el cofrade siente la presencia divina y se acerca al misterio. Y ello, porque “somos miembros de esa misma comunidad” que es también “sacramento de salvación para la sociedad”. Culminaba destacando que “es difícil creer en Jesús pero no en su obra. La Iglesia no es más que el testimonio de Dios por el mundo que procura centrar su mirada en la benevolencia de su paternidad”.

En el cuarto día, penúltimo viernes de cuaresma y tras celebrar el Vía+Crucis claustral, el párroco de Santa María Madre de Dios ponía el acento en la pasión de Jesús por la cruz. Un instrumento de martirio que, por el contrario, el cristiano entiende como “expresión máxima de amor a Dios, su padre y los hombres”. En este sentido, el célibe remarcaba que “en el abrazo de la cruz podemos encontrar el más perfecto resumen de la acción mesiánica de Jesús en Galilea; la tierra en la que encuentra sentido toda su vida y en la que desarrolla su total entrega”. Una afirmación que deviene del propio convencimiento del Nazareno quien, posiblemente, pensara que “ha merecido la pena anunciar el Reino de Dios hasta la muerte”.

La contemplación de Cristo en la cruz nos lleva entender, desde el silencio y bajo el ejemplo de su entrega, que su imagen es una “invitación a abrazarlo y seguirlo”. En este sentido, el célibe diocesano ponía el acento en señalar que “Jesús lleva la cruz por nuestra salvación, para darnos vida”. De ahí que culminase sus palabras pidiendo al Señor que seamos capaces de acercarnos hasta su cruz, abrazarla, porque “su pasión es la vida”.

El último día del Quinario celebró la eucaristía nuestro párroco y director espiritual, Rvdo. Reina Hurtado. Siguiendo el hilo argumental de las homilías anteriores, quiso incidir, al hilo de los textos sagrados, en una antigua y no menos sugerente cuestión teológico-mariana: “la misma pasión que Jesús tiene con Dios es la que mantiene con la Virgen, quien a su vez vive en su propio ser el tormento al que es sometido su hijo”. Esa compassio mariae, como dirían los místicos del medievo, se resume en los siete dolores que María siente a lo largo de su vida: en el nacimiento en Belén, en la huída a Egipto, al acudir al templo en busca de su vástago, cuando se encuentra con éste camino del Calvario, en el trágico momento de la muerte de cruz, al recibir el cuerpo inerte de Jesús, descendido del madero, así como cuando el féretro es depositado en el sepulcro.

Por eso “la pasión del Señor puede entenderse como el amor que siente hacia su madre, a quien deja al cuido de Juan, el discípulo amado”. Cerraba su reflexión con un deseo compartido: “que al contemplar a la Dolorosa que se nos ofrece como madre al pie de la cruz, sepamos vivir como ella la pasión de Jesús”. Siguiendo el ejemplo maternal de María, podremos renacer, transformar nuestras vidas y ser más conscientes de la necesidad de actuar a favor de todos aquellos ‘cristos’ que existen a nuestro alrededor.